Casa Daglio es una marca pero antes que nada es el sello de una empresa familiar. Sin embargo el génesis del comercio fue el sueño de un hombre y su oficio de talabartero: Aníbal José Daglio. Decir Daglio es hablar de honestidad y tandilidad. Es evocar la figura paradigmática de Humberto Jorge Daglio, talabartero progresista e intuitivo que aggiornó la empresa al Tandil de la modernidad. El apellido contiene otros tantos sinónimos: Daglio son los tilos de la Avenida Colón, los cueros fundantes, la idea de un negocio que creció sin perder su esencia. Daglio es el sentido de la palabra como el más valioso documento. Es la tradición que funda una identidad comercial basada en la lealtad de ida y vuelta y el respeto por el cliente, un valor cuasi perdido en el Tandil de la cultura ligth y la volatilidad de las relaciones humanas. Pero también Daglio ha sido la capacidad de aggionarmiento a las nuevas y cambiantes épocas. Daglio es todo aquello y mucho más en su primer centenario de vida cumplido el 2 de diciembre de 2008. La Cámara Empresaria, a través de su sección, "Así se hizo mi empresa", fue en busca de la historia de vida de una de las casas comerciales más tradicionales de nuestra comunidad.
El empresario Marcelo Daglio, tercera generación de la familia, se encuentra actualmente al frente de la empresa. Que se ha convertido, por prepotencia de trabajo, una marca registrada en su rubro. Prescinde de la publicidad porque le basta y le sobra con el capital simbólico de la firma que ya cubrió la demanda de tres generaciones de tandilenses. Es tan fuerte ese capital simbólico de la empresa que hoy Daglio es uno de los clientes más antiguos de la Fábrica Argentina de Alpargatas –lleva el número de cliente 7710- y el número de cliente 546 de la emblemática Grafa.
-¿Cómo lo encontró la llegada del centenario?
-Con un sentimiento dual. Felices por los cien años y muy preocupados por la crisis que, en lo personal, yo presentí allá por 2007. Algo ya no cerraba desde entonces. Pasamos un año bravísimo y enero empezó peor todavía.
-Por la clientela tradicional que acude al negocio es de suponer que el conflicto del gobierno con el campo los ha afectado notablemente.
Ha sido muy perjudicial para nosotros. Este estilo de gobierno de confrontación casi caprichosa le ha hecho muy mal al país. Y nosotros lo hemos sentido muchísimo. Sin embargo la crisis no nos paralizó. Seguimos poniéndole garra al negocio, tomando nueva gente, comprando, estando atentos a lo que pasa. Esa es nuestra actitud hoy.
-El negocio llegó al primer centenario, un hecho infrecuente en la vida de un comercio.
Dicen que sí. Pero hay que mirar hacia atrás y ver la figura de mi abuelo porque fue con él que empezó todo. El primer local estuvo en la calle 9 de Julio entre San Martín y Sarmiento. El abuelo Aníbal era talabartero, un oficio preciado para la época. Comenzó ofreciendo la tapicería para el automotor, para los muebles y los carruajes. También hizo lonas para cosechadoras.
-Hasta que llega su padre, Humberto Jorge Daglio. La foto que hoy luce la entrada de su negocio tiene una belleza única. Se observa a la izquierda a Humberto Jorge (1928/1999) principal impulsor del Casa Daglio actual, junto a Aníbal José, el abuelo italiano fallecido en 1959) e iniciador de Casa Daglio en 1908.
Esa fotografía está tomada en Colón 1026 por los años ´40. Trabajaron juntos pero mi viejo fue central para la empresa. Fue el que puso en marcha un período de aggiornamiento, que resultaba necesario para encarar el Tandil que crecía. Mudó la empresa a Colón 1026, allá por la década del cuarenta, e incorporó alpargatas, calzados, materia prima, artículos de limpieza. Realizó un cambio notable y fue claramente un visionario. Fíjese que él sabía también, porque se lo había enseñado el abuelo, el oficio de talabartero. Pero cuando yo entré al negocio hice de todo, desde cadete, vendedor, de todo, pero nunca quiso enseñarme el oficio. El creía, su intuición de comerciante le decía que el talabartero iba a estar fuera del mercado en el Tandil de la modernidad. Y no se equivocó para nada.
-Con la ubicación del negocio parece que tampoco se equivocó. Y eso que en el Tandil de los años cincuenta la avenida Colón quedaba lejos, ¿no?
Quedaba lejos, estaba todo oscuro, con los tilos a la noche… Salíamos del negocio y no sabíamos qué podía ocurrir afuera. Y eso que eran tiempos de menor inseguridad que los actuales. Pero tampoco se equivocó con el lugar. En 1967 ya estábamos en Colón 1134, en lo que había sido la vieja casa de los Pasucci. Le cuento una anécdota. Una mañana mi padre me llevó hasta la cima del Parque. ¿Sabe por qué? Porque yo ese día le había preguntado si no nos convenía tener un local en el centro de la ciudad. Entonces mi viejo me subió al auto y una vez que llegamos al Parque miró hacia el valle, hacia el pueblo, y me dijo: “Hijo, nosotros no estamos en el centro comercial, pero lo que nos tiene que importar es el centro geográfico. Cuando Tandil crezca nosotros quedaremos justo en el centro geográfico de la ciudad”. Y así ocurrió.
-Pero esa idea denotaba claramente un proyecto de continuidad de la empresa. La idea de imaginarla a la par del desarrollo de la ciudad.
Es cierto. Porque además nuestros viejos la pelearon desde muy abajo. Había un culto al esfuerzo. De allí que se cuidara tanto al cliente. Cierta vez me llevó a Buenos Aires y estuvimos recorriendo lugares toda la tarde en busca de algo que le había pedido un cliente. Una nimiedad, le aclaro. Hasta que lo encontró. Cuando llegó a Tandil levantó el teléfono y le dijo al cliente que si todavía le interesaba aquel producto, él ya se lo había traído de Buenos Aires. Sin adelanto, sin seña, sin tarjeta, sin nada. ¿Quién hace eso hoy? Mi padre creía que la principal publicidad consistía en que el cliente fuera bien atendido.
-¿En qué otros aspectos la modernidad modificó el rumbo de la empresa?
-Cambiaron los tiempos. Por ejemplo en la actualidad estamos viviendo una época de minorización de la mercadería. Antes no fue así.
-¿Cambió el perfil del cliente?
No sé si cambió. El cliente es menos fiel, y lo digo yo que parece que me estuviera quejando de lleno, porque Daglio ha cumplido con la premisa de que por nuestra casa nos compró el abuelo, el padre y también el hijo. Pero con la gente joven, que es volátil y más afecta a la moda, nos cuesta un poco más.
-¿Y al empresario actual como lo vislumbra?
Hay de todo. Pero si algo falta es eso que nosotros llamamos la palabra. Si yo le pido a un proveedor que me envíe cien pares de zapatillas de color azul, no puede mandarme rojas. La cultura ligth también afecta la toma de decisiones, la falta de responsabilidad o de seriedad. El sentido de la palabra es algo que tenía profundamente arraigado nuestros viejos. Eso también forma parte de la tradición de esta empresa.
-¿Tiene nuevos planes para el futuro?
Vivimos en una ciudad con una posibilidad de crecimiento mayor. Somos una ciudad envidiada, todos preguntan por nosotros. Eso a veces me asusta. El plan es consolidar lo que hicimos bien y seguir cumpliendo con la sustancia de esta empresa, que es su capacidad de aggionarmiento a los nuevos tiempos. Esa seguramente será la principal virtud por la cual hoy estamos celebrando nuestros primeros cien años.