21 de Diciembre 2018

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Así se hizo mi empresa: MIGUEL FRAIFER, MEDIO SIGLO EN MARCO Y SAAVEDRA

M iguel Fraifer es el mundo que creó en el vértice de la Avenida Marconi y Saavedra. Comerciante sanjuanino de origen y tandilense por adopción, su distribuidora de bebidas ya es un emblema del rubro: un espacio de 4400 metros cuadrados donde Miguel y su esposa Alicia Ale –y también sus hijas- construyeron una tradición comercial en Tandil y la región. En esta entrega de “Así se hizo mi empresa”, la sección que promueve y difunde la Cámara Empresaria de Tandil, nos acercamos a la historia de uno de los emprendedores más queridos de la ciudad.
-¿Cómo llegó a Tandil? Usted es sanjuanino.
-Así es. En el lugar donde ahora estamos charlando había una cooperativa llamada La Pasteurizadora. Cuando se cerró, esto se transformó en una planta fraccionadora de vinos. Yo llegué acá el 8 de mayo de 1967, hace cincuenta años que estoy en Tandil y en esta esquina. En el 67 en San Juan se hizo un remate judicial de esta propiedad porque los acreedores estaban allí. Graffigna compró toda la propiedad y por sorteo entre nuestros hermanos me tocó a mí venir a hacerme cargo. Vine a trabajar con Graffigna, a fraccionar vinos, entre otros el Triunfante y el Zumuva.
-¿Y cómo era hace 50 años esta esquina?
-En Marconi no estaban las palmeras, estaba el reloj de las cuatro avenidas. Y todo esto que ve alrededor era de tierra. La avenida era de asfalto, estaba Mazzarol como intendente. Empezamos a fraccionar vino en damajuanas y en botellas. Teníamos un tanque de 50 mil litros. Y salíamos a vender afuera, a Gardey, Vela, toda la zona rural. Hasta que llegó un momento en que se promulgó la ley que el vino tenía que ser fraccionado en origen. Y todas las plantas como la nuestra se quedaron sin fraccionamiento.
-¿Y qué hizo entonces?
-Empezamos a comprar vino ya fraccionado, trabajábamos con Peñaflor. Había una empresa en Mendoza que se ofreció a vendernos vino fraccionado. Yo en ese momento era empleado. El lugar estaba en venta, tasado en 50 mil dólares, pero nadie quería comprar porque les convenía poner la plata a interés en el banco. Yo no la podía comprar hasta que en el 89 fuimos a pasear a Mendoza. Y de ahí nos cruzamos a San Juan, lo visitamos a Graffigna, que era un terrateniente de la provincia, una familia muy rica, y le planteamos la idea de comprar la planta. La compramos finalmente en el 89, en medio de una inflación tremenda donde todo el mundo ponía la plata en plazo fijo.
-¿Cuántos metros tiene planta?
-Son 4400 metros. Era el sueño nuestro. La compramos y nos hicimos cargo de la indemnización de las 25 personas que trabajaban acá. Graffigna tuvo un gesto y nos dejó dos camiones. Hoy tenemos 16 empleados, sin contar nuestros familiares. Tenemos también camiones y camioneros. Al principio con los camioneros la situación fue difícil. Un 21 de diciembre de 2009 se instalaron en protesta acá en la puerta del negocio. Querían pasarse al gremio de los camioneros y nosotros estábamos con el gremio de empleados de comercio, pues estábamos encuadrados perfectamente por nuestra actividad comercial. Fue una persecución muy fuerte la que nos hicieron con cartas documento y otras medidas.
-¿Y quién ganó?
-¿Y quién cree que ganó? Ganaron ellos. El Ministerio de Trabajo rechazó el pedido de camioneros y nos dio la razón a nosotros. Pero ganaron por la potencia que tienen como gremio. El 21 de diciembre se pararon en la entrada con los camiones llenos y no salieron a repartir. Yo tuve una tremenda discusión con De Negri. Fue un gran disgusto.
-¿Y hoy qué es específicamente esta empresa?
-Una distribuidora de toda clase de bebidas. Nosotros compramos a mayoristas. Y los vinos directamente a bodega. Mis dos hijas trabajan con nosotros y Juan Zubeldía se dedica a la venta en negocios.
-¿A cuántos comercios de la ciudad abastece?
-A todos. Y trabajamos con Ayacucho, Balcarce, Vela, Juárez. Tenemos vendedores y distribución de marcas importantes. Y nunca dejamos de trabajar las primeras marcas de todas las bodegas.
-¿Cómo está pasando la crisis?
-La encaramos modificando las utilidades y el servicio. Donde los vendedores iban una vez por semana hoy tienen que ir dos veces porque el almacenero no llega a cubrir la cantidad que compraba. Y si nosotros podemos sostenernos, gracias a Dios, es porque no pagamos alquiler, todo esto es nuestro. Y la ubicación que tenemos es fundamental. Ya vinieron los chinos desesperados a que yo le ponga el precio a la propiedad. Querían comprarla.
-¿Por qué cree que lo van a recordar?
-Creo que por el trabajo y por mi forma de ser. La manera de tratar a la gente. He sido muy noble con el personal, con los clientes que hicimos. Nos costó mucho todo. Nosotros llegamos a vender 24 mil damajuanas por mes, en la época de oro de la damajuana. Y nos quedaba 1 peso por damajuana. Y tengo un motor al lado que se llama Alicia, mi esposa, que me enseñó muchas cosas, entre ellas que no había que fiar tanto. (risas)
-¿Qué edad tiene, Miguel?
-Yo 84. Ya estoy jubilado pero no me puedo jubilar nunca. Es mi manera de ser, nunca supe quedarme quieto.

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