(Por Guillermo de la Dehesa)
La revolución industrial nos había legado un empresario que era un perfecto ”homo oeconomicus”, es decir, hedonista en el consumo, egoísta
en la riqueza, individualista en la gestión y estajanovista en el trabajo. Este ha sido el paradigma empresarial en el siglo XIX y buena parte del XX.
Sin embargo, este modelo de empresario ha ido siendo sustituido por otro que se adapta en mayor medida al nuevo entorno económico mucho más abierto y complejo. El empresario deviene más vocacional, los valores del egoísmo empiezan a dar paso a los del altruismo, su flexibilidad, su capacidad creativa y de innovación sustituyen a la meritocracia del trabajo, el trabajo en equipo se impone a la individualidad. El empresario ya no vive aislado, tiene responsabilidades sociales respecto de sus empleados, sus clientes, sus suministradores y los ciudadanos del territorio donde esta
ubicada la empresa. Su entorno cada vez más competitivo le exige una excelencia que sobrepasa sus tradicionales dotes de mando.
Por otro lado, ya no existe un concepto de empresa simple, monolítica y atemporal. Hoy las empresas son cada vez más complejas, más dinámicas y sobreviven sólo a través de su capacidad de innovación, de reacción y de flexibilidad. La lenta pero constante desaparición del asalariado tradicional hace que los trabajadores sean cada vez más empresarios de sí mismos. El gran reto del empresario de hoy es poder gestionar y el desarrollar una empresa donde los trabajadores son también empresarios de sí mismos y en muchos casos accionistas de la empresa y que tienen productividades distintas, y una creatividad diferente y fluctuante. Todo ello requiere una cada vez mayor atención individual a los trabajadores y a sus capacidades y una mayor descentralización de la gestión a niveles de proyectos empresariales individuales o equipos.
La nueva sociedad de la información reclama, asimismo, una producción cada vez más especializada para cada cliente que es a su vez consumidor y empresario, que busca la máxima calidad y eficiencia y que tiene un mayor acceso a la información sobre otros productos, bienes y servicios alternativos existentes en todo el mundo. La relación con el cliente y su fidelización deviene por tanto la clave del éxito empresarial.
Por otro lado, en este nuevo entorno, las empresas se van transformando en fábricas de conocimiento y de saber. La empresa se convierte en parte de la cultura. Absorbe el conocimiento y la investigación y los transforma en riqueza y esta la distribuye en precios más bajos para los consumidores, rentas más elevadas para los trabajadores y beneficios mayores para los accionistas. El empresario sólo consigue ganar el liderazgo por sus dotes de innovación, por su conducta, ética y transparente, por su capacidad de
anticipación y de flexibilidad y por su obsesión por la calidad y la excelencia ante un entorno incierto y crecientemente competitivo.
En definitiva, la creciente globalización económica y social ha situado al empresario como principal protagonista de la sociedad y de la economía y debe de saber responder ante este nuevo reto siendo cada vez más consciente de su responsabilidad ante la sociedad y ante la historia. Debe de ser altruista y solidario, debe de ser un ejemplo de ética en el comportamiento y de excelencia, transparencia y liderazgo en la gestión y debe de conseguir que la rentabilidad económica de la empresa tenga también rentabilidad social. Todo ello es necesario si es que quiere que este proceso de creciente innovación y globalización evite que produzca desigualdad y exclusión y que pueda terminar como ya terminó el anterior proceso entre 1870 y 1914 que desembocó en una Primera Guerra Mundial, en una vuelta al proteccionismo, seguido de una Gran Depresión y, finalmente, de otra Segunda Guerra Mundial. Es decir, el período más
negro del siglo XX. Espero que no se repita tamaño dislate, pero está en nuestras manos no sólo en la de los políticos el que no vuelva a ocurrir.
Fuente: http://www.guillermodeladehesa.com/files/el_empresario_del_siglo_xxi.pdf