29 de Mayo 2019

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Así se hizo mi empresa: Alicia y Fabiana, de Túpac Amaru a la Librería Alfa

E n esta entrega de “Así se hizo mi empresa” –la sección que promueve la Cámara Empresaria de Tandil- Alicia Laco cuenta los orígenes de la Librería Alfa. El proyecto nació hace 21 años junto a su socia y amiga Fabiana Castaño, cuando ambas eran empleadas de Túpac Amaru, librería que tuvo una fuerte impronta de identidad comercial y cultural hasta que dejó de ser.
Cuenta Alicia Laco sobre la prehistoria de lo que hoy es la consolidada Librería Alfa: “Las dos éramos empleadas de Túpac, cuyos dueños eran Adela Castronovo y Rubén Sentís. En 1997, cuando las cosas empezaron a ponerse mal porque el negocio tenía muchas deudas, pensamos en el proyecto de una librería propia, no teníamos capital, sólo la voluntad de hacerlo”.
-De modo que partieron desde la nada misma.
-Exacto. Ni un peso teníamos. Yo hipotequé mi casa, saqué un crédito en el banco y con eso pusimos la librería en el local que estuvimos 21 años sobre calle Pinto. Arrancamos además con papelería, no con libros.
-¿Por qué?
-Porque era lo único que podíamos comprar. Hacíamos reposición diaria, vendíamos tres cajas de fibras en el día y a la mañana siguiente íbamos a Baldovino y traíamos las tres cajas de fibras que habíamos vendido. Así empezó Alfa.
-¿Y los libros cuándo?
-Enseguida. De hecho en febrero hicimos la primera compra de libros y en marzo hicimos la primera temporada escolar, a cuatro meses de haber abierto. Pero del tema conocíamos, fue en pleno menemato, en el 98. Después nos tocó el 2001. Estaba como competencia Don Quijote. Túpac Amaru ya había cerrado, lo hizo a los dos días de haber abierto nosotros. Y quedó Carlos (Gastaldi), para el que nunca fuimos competencia. Siempre nos ninguneó mal. Se lo he dicho, yo le tengo afecto, es un muy buen librero y tuve una relación muy buena. Después lo llevé 15 años de mi mano a la Feria del Libro en Buenos Aires, pero que en su momento nos ninguneó, no le quepa duda. Hasta que lo aceptó.
-¿Y cuándo alquilan la casa lindera a la librería?
-Dos años después de la apertura. Alquilamos la casa, tiramos la pared abajo y arrancamos con todo junto.
-¿Y qué público inicial tomaron?
-El público de Túpac Amaru, la gente nos conocía de allí, yo había trabajado diez años, Fabiana seis. Había gente, como hoy, que elige una librería por otra, es algo natural.
-¿Alfa tiene un lector?
-No sé si podría generalizarlo así. Tenemos gente muy fiel y a la que nosotros le somos absolutamente fieles en cuanto a conseguirles todo lo que necesiten. Tenemos gente a quienes nosotros mandamos a otra librería y no va. Nosotras hemos ido a comprar libros a Don Quijote para vendérselo a un cliente nuestro. Hace una semana compré un libro que publicó Página 12 en un kiosco para vendérselo a un cliente que no quiere ir a ese kiosco. Todo el acento nuestro lo hemos puesto en el servicio.
-Y así se fueron 21 años en el primer local…
-Sí, hasta que en noviembre del año pasado empezamos a cruzar la calle. Siempre estuvimos nosotras dos y algunas otras mujeres. Laura Estagñoli estuvo 16 años y otras mujeres como mi hija más grande. Nunca hubo varones en Alfa, ni creo que los habrá porque yo respeto a los hombres y no creo que se merezcan estar con tantas mujeres (risas). Bueno, esto es un chiste. Tengo un carácter un poco medio de patrón de estancia y me es más fácil tratar con mujeres.
-Y de hecho bastante distinta a su socia Fabiana…
-Absolutamente, desde todo lugar tenemos perfiles distintos y tal vez eso hace un complemento. Son 21 años de medias, teniendo en cuenta el dicho de que las medias son para los pies, un tiempo con encuentros y desencuentros. Creo que lo que nos ha salvado en estos 21 años es haber tenido objetivos comunes. Somos amigas pero no de estar en la cocina de la casa de la otra. Eso sí: al momento de necesitar algo somos muy amigas. Hemos sorteado muchos obstáculos juntas.
-Eso iba a preguntarle, por las épocas difíciles.
-Las peores fueron las primeras. Nosotras tuvimos cuatro años viviendo con el sueldo de nuestros maridos. De acá no se sacaba un peso, nunca. Era la única decisión que podíamos tomar para sacar la librería adelante. Igual es el día de hoy que aquí cada una de nosotras cobra un sueldo y no hay más salvo que haya un problema puntual para lo que se lo necesite.
-¿Y qué significó la mudanza al nuevo local? Porque a todas luces le dio un gran empujón a la librería.
-Fue un gran cambio visualmente y en la caja, en las ventas. Yo necesito tener siempre la zanahoria adelante, me gustan los desafíos, por eso me encanta hacer la Feria del Libro que me saca de la rutina diaria. Y hacía como dos años que estábamos buscando este lugar. En su momento lo vimos y no estaba bueno, era muy difícil arreglarlo y lo dejamos. Pero el caminito se hizo y un día vinimos y estaba cerrado. Lo encontramos, negociamos y ahora todavía estamos tratando de naturalizar el impacto que nos produce pararnos frente a la vidriera y mirar la librería. Para mí es el sueño del pibe. Y es el mismo impacto que ha sentido la gente. Hay mucha gente que entra porque cree que es una librería nueva.
-¿Cuánto tuvo que ver el martillero Ricardo González, dueño de la propiedad?
-Y, tuvo mucho que ver Ricardo. Creo que él en algún punto priorizó la cuestión local. Nos decía que le gustaba que hubiera una librería y me consta que decidió por Alfa aun teniendo ofertas más tentadoras, que poco tienen que ver con lo que nosotras pagamos. Y bueno, además tenemos el orgullo –no sé si es orgullo porque es lo que debe ser-, pero bueno, podemos decir que jamás alguien que vino a cobrar el alquiler tuvo que volver, nunca. Y eso también me parece que incide a la hora de una decisión.
-¿Qué libros se venden hoy?
-Esparcimiento, novelas, política, un poco de historia. Nosotras trabajamos con el libro infantil. Hoy a la librería vienen colegios a comprar libros de primer grado hasta donde lleguen. Esto fue un trabajo de hormiga que hicimos durante muchos años. Y es la confianza lo que cuenta, porque el libro vale lo mismo acá que en otro lado. Y los vínculos, los afectos, que se crean entre los clientes y la librería.
-En los 90 Carlos Gastaldi hizo una feria en el Club Santamarina y trajo al rey del best seller, a Syney Sheldon. Y fue un fracaso de público. ¿Es difícil Tandil?
-Es difícil, pero no sé si ese era el momento de traer a Sheldon. El año pasado nosotros hicimos una feria extraordinaria, repleta de público, por primera vez tuvimos que cerrar las puertas de la Feria, algo que será difícil de superar. También hemos tenido autores conocidos con muy poca gente. Tal vez Tandil más que difícil sea extraña.




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